Se conmemoran 25 años del mayor atentado terrorista “antisemita” en Latinoamérica y, probablemente, en el mundo, desde… Con la frecuencia que se reiteran, no estoy seguro ya si sigue en el podio de los mayores, todos son atroces, pero no se trata de una medida métrica. Es un atentado enorme aún sin resolverse un cuarto de siglo después de cometido.
¿En qué categoría de evento se inscribe? En la que genera la pregunta clásica: ¿qué hiciste aquel día cuando sucedió tal o cual cosa? Siempre las más trascendentes en cualquier ámbito deportivo, social, científico.
Ese 18 de julio nos reunimos un grupo de familias amigas del, querido, Instituto Ariel en el Parque Rivera. Parque Durandó para nuestros padres y abuelos, al que solían ir a jugar los domingos al dominó o a las cartas. Hermosas historias.
También la nuestra era hermosa. Fútbol entre padres e hijos, picaditos muy divertidos que no estaban exentos de algún grito, cuando no insulto contenido, llantos y expresiones entusiastas de goles como si fueran hechos en el Maracaná.
No hubo asado, pero sí comida rica preparada con esmero y cariño para el paseo programado.
Yo estaba entre los espectadores, no dentro de la cancha de arcos improvisados con unas ramas de pino y equipos deportivos. Decidí prender la radio de mi auto, poner música fuerte y dejar las ventanillas bajas, como aporte de alegría desde las gradas. Fue cuando escuché la noticia del atentado. No entendía bien de lo que se trataba. Presté atención, fui cambiando de semblante y convocando a todos a escuchar el noticiero. Fin del paseo.
El día transcurrió inmerso en una inédita pesadez emocional. De las silenciosas, las de asombro y angustia reprimidas, las inverosímiles, hasta que a fuerza de ineludible convicción logran socavar el espíritu. Y llegó la tardecita sin que nadie supiera qué hacer. No había celulares ni a quién llamar para una convocatoria comunitaria en un día feriado de nuestro país. Pero sobrevolaba una necesidad de expresarse colectivamente, lo reclamaba la angustia acumulada a lo largo de la jornada. Fue así que espontáneamente comenzamos a juntarnos en la Kehilá. Tan espontánea fue esa reunión, que, sin previo aviso comenzó a llegar la gente en silencio, con rostros amargados. Sin mayores comentarios para hacer. Al menos, no de los enfervorizados. La Kehilá se llenó. Recuerdo que alguien comentó: Sentíamos la necesidad de “amucharnos”. Era cierto, nos sentíamos más aliviados acompañados, siendo muchos.
Los tres rabinos de las mayores comunidades subieron de a uno por vez. El primero recitó el Kadish. El segundo, recitó el Male Rajamim. El tercero tocó el shofar. Estábamos sentados juntos, mi esposa y mis tres hijos. Sentí que la emoción nos quebraba, recuerdo que se me deslizaban lágrimas incontenibles al escuchar los sonidos del shofar.
Años más tarde, en un paseo a Israel, fuimos con mi señora a visitar Safed y nos encontramos con puestos de artesanías varias. Un vendedor, con acento oriental y mirada pícara, nos preguntó si acaso tuviésemos artesanías hechas por la comunidad judía de Uruguay, país que le resultaba tan lejano, para que él las pudiese incorporar a su puesto. Le contestamos que no. ¿Por qué no producíamos artesanías en nuestra tan vibrante comunidad? Nos dejó pensando. Pero no nos habíamos arrimado a él por artesanías manuales. El hombre vendía distintos tipos de shofar, enormes y pequeños. Saldamos aquella deuda emocional y compramos uno que, hasta el día de hoy, y ahí seguirá, está sobre una de las mesitas del living comedor.
Primero fue uno de mis hijos, luego mi nuera, mi hija y también mi nieto. Todos probaron y aprendieron a tocar el shofar para una divertida audiencia familiar. Recibían fuertes aplausos cuando lograban la más prolongada tekiah gdolá.
No se ha hecho aún Justicia contra los criminales del atentado a la AMIA, pero le seguimos rindiendo tributo a sus víctimas, en un homenaje profundo y personal.
A 25 años del atentado a la AMIA: una historia personal.
19/Jul/2019
Por Ing. Roberto Cyjon, para CCIU